En palabras de Emmanuella Zandi Mudherwa: “Quiero que todas las sobrevivientes sean reconocidas como vencedoras”

Fecha: martes, 13 de noviembre de 2018

Emmanuella Zandi Mudherwa. Photo: UN Women/ Carlos Ngeleka
Emmanuella Zandi Mudherwa. Foto: ONU Mujeres/Carlos Ngeleka

Más historias sobre #EscúchameTambién de África

Emmanuella Zandi Mudherwa, de 21 años de edad, fundó su propia organización sin ánimo de lucro, “Ma Voisine” (Mi vecina), en Kinshasa, República Democrática del Congo, que promueve el empoderamiento de las niñas por las niñas. Actualmente tiene 12.000 miembros en todo el país. Colabora con ONU Mujeres en iniciativas para generar conciencia sobre la violencia de género.

Quote

Me convertí en activista no sólo por lo que me había pasado, sino por la violencia y la discriminación a la que se enfrentan las niñas en nuestra sociedad.

Tenía siete años de edad cuando me pasó por primera vez. Vivía con mi familia en Goma, en la provincia de Kivu del Norte. Iba a la escuela con mi hermano pequeño, que tenía cinco años. Aquel día nos habíamos despertado pronto porque queríamos probar el nuevo patio que se había construido en la escuela. En principio, el conflicto había terminado. De camino a la escuela, nos encontramos dos soldados armados que nos dijeron que la carretera a partir de allí no era segura y que debíamos seguirlos.

Nos hicieron andar durante horas. Cuando empezamos a llorar, nos pegaron. Uno de ellos me llevó a un arbusto cercano, cortó unas hojas de banana, las colocó en el suelo, me quitó la ropa y empezó a violarme. Me violaron por turnos durante muchas horas. Sangraba por todas partes. Me llevaron de vuelta donde estaba mi hermano y nos dejaron allí.

Lo peor de todo es que después de que me curaran y saliese del hospital, mi propia comunidad me rechazó porque me habían violado. La gente me miraba de una manera rara, y cuando volví a la escuela me dijeron que debía sentarme en la última fila y siempre dejaban dos asientos vacíos entre el resto de la clase y mi pupitre.

Cuando tenía 13 años, me volvieron a violar repetidamente. Esta vez fue un primo que vivía con nosotros. En aquel momento yo estudiaba en Bukavu, en la provincia de Kivu del Sur, y cada vez que volvía a casa de vacaciones me violaba. Cuando cumplí 15 años, no quise volver a casa de vacaciones porque sabía que él estaba allí. No podía dormir, me puse enferma, pero cuando fui al hospital no vieron en mí ninguna anomalía física. Quería que alguien me entendiese… pero no había nadie dispuesto.

Un día, simplemente no pude más y empecé a hablar sobre lo que me sucedía en un programa de radio comunitario donde trabajaba en ese momento. Ese fue el primer paso en mi camino hacia la recuperación, pero causó un gran problema en la comunidad para mí, mi madre y mi padre. La comunidad me dio la espalda; incluso llegaron a secuestrarme durante tres días para que no hablara. Pero eso no me detuvo. Ya no tenía miedo, no quería que otras niñas y niños siguieran callando… me di cuenta de que tenía que empezar mi lucha por algún lado.

Creo que lo más difícil de soportar es cómo te mira la gente cuando no te creen.

Realmente las muchachas no tienen un lugar en esta sociedad. Sin embargo, muchos de los problemas de las mujeres existen porque no se tuvieron en cuenta cuando estas mujeres eran jóvenes o niñas. Por ejemplo, se dice que tenemos un índice bajo de representación de mujeres en la toma de decisiones. Esto se debe a que cuando las niñas están creciendo se les dice que no deben expresarse, que no tienen que llamar la atención ni decir lo que piensan.

Ahora, todos los sábados hablo con niñas y niños sobre la violencia de género. Organizamos reuniones llamadas ‘Club anónimo’ en diferentes municipios o escuelas donde acudo para hablar de mi propia experiencia. Cuando las muchachas y los muchachos escuchan mi historia quieren hablar, y así iniciamos el tema para abordarlo en grupo. A veces las escuelas recurren a mí porque observan retraimiento o un cierto tipo de comportamiento en una alumna o alumno y creen que yo puedo ayudar.

Después de hablar con las víctimas, las pongo en contacto con psicólogas, psicólogos u hospitales que saben cómo prestar la atención y los servicios apropiados.

Las y los jóvenes son el futuro y la esperanza de todas las sociedades. Para impulsar el desarrollo de un país se necesitan jóvenes que no estén traumatizadas o traumatizados. Y hablar del trauma que se está sufriendo es el primer paso para mejorar.

Sé de primera mano que hablar con alguien que ha vivido situaciones similares ayuda a las víctimas a romper su silencio. Esto les demuestra que no pasa nada por hablar de ello. También ayuda mucho que las escuelas tengan personal especial que pueda detectar signos tempranos de traumas en las niñas y los niños a fin de ayudarles.

Mi sueño es ver cómo las niñas y las jóvenes hacen cosas para ellas mismas y para su comunidad. No quiero que se nos perciba como personas débiles que necesitan compasión. Sí, fui una víctima. Sí, he sobrevivido a la violencia. Pero no quiero que se nos llame sobrevivientes. En cambio, quiero que se nos vea como vencedoras.

¡Quiero que todas las sobrevivientes sean reconocidas como vencedoras!”