#EscúchameTambién: Mujeres afganas, los rostros del cambio

Fecha: viernes, 9 de noviembre de 2018

The Women's Protection Centre teaches women like Tabasum Bahar how to create beautiful works of art such as elegant clothes and embroidered scarves that guarantee income . Photo: UN Women/Zahra Khudadadi
Foto: ONU Mujeres/Zahra Khudadadi

“Me siento muy orgullosa de mi trabajo. De ser parte de un movimiento que ayuda a mujeres que, como yo, han sobrevivido a la violencia”, dice con ojos destellantes Tabasum Bahar*, con la convicción de quien ha logrado dejar atrás un doloroso pasado.

“Las mujeres a las que capacito desean ser independientes. No queremos depender de alguien que nos dé de comer y que, por ese motivo, tengamos que doblegarnos ante todas sus amenazas y enfados. Si contamos con las aptitudes necesarias, no dependeremos de nadie, excepto de nosotras mismas”.

Las palabras de la verdad personal de Bahar, que reflejan una dura lucha, resuenan en la vida de tantas otras mujeres en Afganistán. Tenía cuatro años cuando su padre la comprometió con un hombre mucho mayor que ella; el acuerdo era parte de un trato con el que su progenitor pretendía asegurar una esposa para su hermano. Cuando cumplió 17 años y llegó el momento de contraer el matrimonio, se negó: sabía que su futuro esposo consumía drogas. La familia del hombre la secuestró y la drogó. Cuando, de algún modo, consiguió llamar a la policía, sus agresores fueron enviados a prisión. Sin embargo, tan sólo un año después, estos plantearon la cuestión a los ancianos de la comunidad. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que debía contraer el matrimonio según lo acordado. Todos salvo Bahar, por supuesto.

Finalmente, el matrimonio se celebró. Al cabo de unos meses, Bahar tuvo una hija y la pesadilla empeoró. Un día, su esposo arrojó sobre Bahar una olla de agua hirviendo. Un médico trató las quemaduras que cubrían la mitad de su cuerpo, y las envió a ella y a su hija a vivir en un centro de protección para mujeres que acoge a sobrevivientes de la violencia.

El centro protegió a Bahar, llegando incluso a trasladarla a otra ciudad cuando la policía no fue capaz de arrestar a su esposo. Tras cuatro años en aquel centro, sintiéndose recuperada física y mentalmente, Bahar tomó una decisión muy poco habitual en Afganistán: buscar un lugar para vivir de manera independiente. Sin embargo, nadie sabe dónde se encuentra –ni siquiera su madre, ni ningún otro miembro de su familia–, puesto que demasiada gente encontraría aceptable que su esposo la asesinara y reclamara a su hija, que actualmente tiene cinco años. Bahar vive con un temor constante a que la descubran. No obstante, irradia determinación, puesto que ha encontrado una salida. Es uno de los rostros del cambio.

Cada día acude al centro de protección para mujeres, donde continúan llegando nuevas sobrevivientes en busca de refugio y protección. Aplicando lo aprendido durante la capacitación que ella misma recibió durante su estancia en este centro, enseña a estas mujeres las aptitudes que les permitirán vivir seguras en el futuro. Las mujeres elaboran elegantes vestidos y bufandas bordadas que constituyen verdaderas obras de arte y les garantizan la obtención de ingresos.

“El centro nos da esperanza; nos permite abrir las alas”, afirma Bahar.

El centro de protección para mujeres forma parte de una red de 11 refugios distribuidos por nueve provincias de todo Afganistán. Apoyados por ONU Mujeres y financiados por los gobiernos de Australia, Islandia, Suecia y Noruega, estos centros han ofrecido refugio a más de 1.600 sobrevivientes de la violencia de género durante este año, además de prestar servicios médicos, jurídicos y psicosociales. También ofrecen formación profesional para que las mujeres puedan rehacer sus vidas. Los centros de orientación familiar repartidos por cinco provincias ofrecen apoyo a la mediación; estos centros disponen de abogadas y abogados, trabajadoras y trabajadores sociales y otros profesionales que trabajan con las mujeres que permanecen en sus comunidades por no estar expuestas a riesgos inminentes.

“Los servicios de alojamiento forman parte de un continuo de cuidados para las mujeres que sobreviven a la violencia. El acceso a servicios integrales para las sobrevivientes –en la comunidad y en los refugios– es esencial en Afganistán, donde todavía se registran niveles muy elevados de violencia contra las mujeres”, explica Aletta miller, Representante de ONU Mujeres en Afganistán. De acuerdo con las estadísticas nacionales, un 87% de las mujeres afganas sufrirá violencia a lo largo de su vida. En la inmensa mayoría de los casos, los autores de esta violencia son sus propios esposos o familiares.

“A través de sus orientaciones técnicas y la aportación de fondos, ONU Mujeres en Afganistán ha apoyado los servicios que puede necesitar una sobreviviente de violencia en el seno de su familia o comunidad, así como a través de los centros de protección para mujeres en los casos en que sea necesario. Nuestro respaldo a los servicios integrales se complementa con nuestros programas de prevención, que en última instancia van dirigidos a transformar las normas sociales perjudiciales que fomentan la violencia”, señaló la Sra. Miller.

En 2018, una nueva ley contra el acoso estableció multas y penas de cárcel para quienes cometan acoso contra mujeres y menores por primera vez, añadiendo de ese modo un nivel adicional de protección a la ley vigente sobre la eliminación de la violencia contra las mujeres. Un código penal revisado tipificó finalmente los cinco delitos más graves previstos en la ley de lucha contra la violencia, y acabó con la práctica anterior de admitir los denominados “asesinatos por honor” como atenuante en los juicios por asesinato. En la actualidad, las sobrevivientes que deciden emprender acciones legales disponen de asistencia letrada gratuita y personal jurídico especializado.

No todas las mujeres de Afganistán usan burkas azules ni se dedican a pedir limosna… podemos ser las mejores ingenieras, doctoras, juezas y maestras”

Anisa Rasooli

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Justice Anisa Rasooli. Photo: UN Women/Ishaq Ali Anis 

La jueza Anisa Rasooli, que recientemente se convirtió en la primera mujer magistrada del Tribunal Supremo afgano, señala que “hace 23 años, cuando empecé a ejercer como jueza, ninguna mujer acudía a las instituciones del estado de derecho. Las sobrevivientes de violencia eran ignoradas o carecían de protección legal. Ahora muchas mujeres saben dónde deben acudir para obtener ayuda y son conscientes de que tienen derecho a emprender acciones legales. Tenemos 300 magistradas, frente a tan sólo 20 hace dos décadas, y su presencia anima a otras mujeres a presentarse”.

Con la ayuda de ONU Mujeres, el Gobierno de Afganistán creó recientemente su primera base de datos en línea para la recopilación de datos sobre casos de violencia. Esta base de datos ofrece información armonizada que se puede analizar de manera sistemática; impulsó un proceso de elaboración de informes anuales que aporta información de gran utilidad para la formulación de programas con base empírica por parte de todos los socios en el ámbito de la prevención y respuesta a la violencia de género.

En cinco provincias, otras iniciativas apoyadas por ONU Mujeres ayudan a las comunidades a transformar las actitudes y creencias profundamente arraigadas que justifican la violencia contra las mujeres. Las reuniones con las autoridades locales, los ancianos de las comunidades, los líderes religiosos, y con hombres y mujeres alientan a las y los participantes a reflexionar sobre cómo podrían trabajar mejor juntos para crear comunidades y familias armoniosas tanto para las mujeres como para los hombres.

Para muchas mujeres, estos encuentros representan la primera oportunidad de su vida para hablar sin reservas y compartir sus preocupaciones. Para los hombres, suponen una ocasión para replantearse los roles de género y la vida en familia. Algunas familias están acordando enviar a sus hijas a la escuela, un paso fundamental, aunque con implicaciones colosales: una mujer que sabe leer no sólo gozará de mayores oportunidades para obtener ingresos propios, sino que además tendrá más posibilidades de saber que tiene derecho a una vida sin violencia, y de exigir que se cumpla ese derecho.

La jueza Rasooli subraya que la eliminación de la violencia exige una respuesta holística que aborde sus causas esenciales: la pobreza, el analfabetismo y la inseguridad. Al igual que Tabasum Bahar, tiene fe en las mujeres afganas y confía en el futuro. “Las mujeres afganas hacen oír su voz, se dejan ver y desempeñan funciones muy importantes”, comenta. “Podemos ser las mejores juezas, maestras, doctoras e ingenieras si las condiciones son las adecuadas”.

*El nombre de la protagonista se ha modificado con el fin de proteger su privacidad.