Alocución de apertura de Michelle Bachelet en la Consulta mundial para atender las desigualdades en la Agenda de desarrollo posterior a 2015

Fecha:

Alocución de apertura de la Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, Michelle Bachelet, en la Consulta mundial para atender las desigualdades en la Agenda de desarrollo posterior a 2015. Copenhague, Dinamarca. 19 de febrero de 2013.

[Cotejar con el texto pronunciado.]

Buenos días Su Alteza Real, panelistas, distinguidas y distinguidos participantes, excelencias:
Ésta es una reunión muy importante. Agradezco a los Gobiernos de Dinamarca y de Ghana por organizarla.
Las desigualdades son y seguirán siendo el principal desafío de este siglo.

En América Latina, la desigualdad también era primordial para nuestros próceres, esto no es nada nuevo. Empero hoy, se ha acabado el tiempo de enterrar la cabeza en la arena y de ignorar el impacto potencialmente perturbador que presentan las crecientes desigualdades para las personas, para las comunidades, para nuestras sociedades, para nuestro planeta y para un futuro pacífico y sostenible.

Me complace saber que podremos compartir el informe final de las consultas sobre la atención de las desigualdades, codirigidas por ONU Mujeres y UNICEF. Es sólo una de las once consultas que se harán bajo el liderazgo de los organismos de la ONU sobre la agenda posterior a 2015. Este informe refleja la amplia consulta pública mundial que se llevó a cabo entre septiembre de 2012 y enero de 2013, y es el resultado de nuestro compromiso con diversos interesados a través de debates virtuales y la síntesis de los 176 documentos presentados a la consulta.

Estas consultas que se están haciendo con la sociedad civil, con las organizaciones de derechos de las mujeres y con personas de todo el mundo son indispensables y no deben ser el resultado de un esfuerzo por única vez. Se está hablando de las desigualdades y, por lo tanto, el diálogo y la inclusión deben ser fundamentales. Hacer participar a las personas en el desarrollo no es una formalidad de procedimiento sino un deber colectivo.

Si no escuchamos y trabajamos con las personas, no podemos dar forma, y mucho menos implementar, una nueva agenda de desarrollo. Las personas no son beneficiarios sino socios en el desarrollo. Estoy aquí para decirles que ahora es el momento de oír las voces de las mujeres, de hacer participar plenamente a las mujeres, y de convertir el empoderamiento de las mujeres y la igualdad de género en una prioridad de la agenda mundial de desarrollo posterior a 2015. Esto es vital no porque yo sea la Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, sino porque las mujeres siguen siendo discriminadas para acceder a la educación, al trabajo y a los bienes económicos, y en la participación en los gobiernos locales y nacionales.

La violencia contra las mujeres sigue socavando los esfuerzos por alcanzar todos los objetivos; por lo tanto, el progreso para 2015 y para el futuro dependerá en gran parte del éxito con que se resuelvan las desigualdades estructurales, se ponga fin a la violencia y a la discriminación contra las mujeres y las niñas, y se promueva la justicia y la igualdad. De cara al futuro necesitamos un marco que sea universal, basado en los principios de los derechos humanos, la inclusión, la igualdad y la sostenibilidad. Hasta ahora tenemos suficientes pruebas que muestran que promover la igualdad de género es esencial para aliviar la pobreza, reducir las desventajas e impulsar los adelantos de todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

Luego de un siglo de progresos y de cambio, queda claro que en las sociedades que tienen un mayor índice de igualdad de género, la democracia es más sólida, las economías son más desarrolladas y la paz es una prioridad. Sin embargo, hasta ahora, la discriminación y el abuso más obvios siguen siendo contra las mujeres. Aunque las mujeres representan la mitad de la humanidad, todavía les queda mucho para tener los mismos derechos, las mismas oportunidades y la misma participación y liderazgo que los hombres. Esta exclusión, esta discriminación y esta violencia basadas en el género son uno de los mayores obstáculos a los que nos enfrentamos para hacer avanzar un desarrollo sostenible.

Una lección muy importante que aprendí de los ODM es que nuestro énfasis en las cifras y en los promedios –aunque son muy importantes– distrajo nuestra atención de atender las causas estructurales más profundas que causan la pobreza y la desigualdad. Ahora contamos con una verdadera oportunidad que debemos aprovechar para remediar las normas sociales y las leyes, las prácticas y las políticas discriminatorias profundamente arraigadas que impiden a las mujeres y a las niñas alcanzar todo su potencial y contribuir a la creación de un mundo mejor para todas y todos.
Si analizamos dos de los ODM, el ODM 3 que habla de promover la igualdad de género, y el ODM 5 que pide mejorar la salud materna, tendremos una idea más clara de cómo tenemos que proceder.

Comencemos con la meta de eliminar la disparidad entre los sexos en la educación para 2015. En demasiados países, las niñas siguen quedando rezagadas. Anoche la Princesa habló de la importancia de educar a las niñas. Si bien se han conseguido algunos éxitos en la educación primaria, las adolescentes corren el riesgo de no poder terminar la escuela secundaria. Muchos factores contribuyen a estos índices elevados de abandono escolar por parte de las niñas, entre los que encontramos las prácticas culturales en las familias y en las sociedades que ponen obstáculos a la educación secundaria de las niñas, responsabilidades domésticas de las tareas diarias y de los cuidados, una preferencia por educar a los varones, y la presión sobre las niñas para que contraigan matrimonio a temprana edad. Como resultado, se espera que sólo 62 de 168 países logren la paridad de género en la educación secundaria para 2015.

Anthony Lake mencionó en su alocución la importancia de la educación de las madres para la supervivencia de sus hijos. Sabemos que el derecho fundamental a la educación sólo se puede alcanzar promoviendo y protegiendo los derechos humanos de las niñas en general. En otras palabras, no es suficiente centrarse en que más niñas vayan a la escuela sino que debemos atender los desafíos sociales y económicos subyacentes que son los que, en última instancia, hacen que las niñas no asistan a la escuela. Tenemos que llegar a la raíz de la discriminación y ampliar los mismos derechos y oportunidades.

Las disparidades en los índices de mortalidad materna son otro ejemplo claro de la desigualdad de género. Si bien las muertes maternas han disminuido en un 47 por ciento en la última década, anoche se mencionó que 800 mujeres siguen muriendo diariamente de complicaciones durante el embarazo y en el parto, y que 85 por ciento de esas muertes se da en África subsahariana y en Asia meridional.

De todos los ODM, los progresos menos significativos se han dado en el ODM 5, que aspira a mejorar la salud materna. Existe una gráfica que deja bien claro esta falta de progresos; muestra el pronunciado aumento en el financiamiento para la salud mundial en la última década, mientras que el financiamiento para la salud sexual y reproductiva sigue estancado en los mismos niveles.

Los estudios también muestran las grandes disparidades existentes en el acceso a los servicios de salud reproductiva. El acceso a los contraceptivos y a la atención profesional en el parto difiere dramáticamente entre las mujeres ricas de áreas urbanas y las mujeres pobres de áreas rurales. Lo mismo es cierto para las mujeres ricas en las áreas rurales y las mujeres pobres de las áreas urbanas. Sabemos además que, como grupo, son las mujeres jóvenes las que tienen menos acceso a esos servicios. Las principales razones de muerte de niñas de entre 15 y 19 años de edad en todo el mundo se originan en las complicaciones durante el embarazo y el parto.

Hemos aprendido que reducir la mortalidad materna es posible en todas las regiones, y que se pueden hacer aún más progresos si todas las mujeres pueden ejercer su derecho a la salud, incluyendo el derecho a la salud sexual y reproductiva, independientemente de su edad, de sus ingresos, de su etnia o del lugar donde se encuentren. Es momento de hacer que el derecho de las mujeres a la salud durante toda su vida sea una prioridad de desarrollo a nivel mundial. En mi calidad de pediatra, podría agregar que debemos hacer un esfuerzo suplementario para erradicar los matrimonios de las niñas.
Esto me lleva a lo que considero esencial en los futuros esfuerzos, y querría destacar tres asuntos.

En primer lugar, el Estado tiene una función y una responsabilidad fundamentales a la hora de hacer avanzar la igualdad de género y de poner fin a la discriminación y a la violencia contra las mujeres y las niñas a través de leyes, políticas y programas. Los Estados deben hacer que esto sea una prioridad absoluta. Diría igualmente que todos los países pueden tratar las desigualdades a su propia manera, pero es esencial que haya voluntad política. El grado de eficacia con que los Estados pueden corregir las desigualdades depende de su voluntad política.

Ningún país puede hacer avanzar el crecimiento inclusivo y la igualdad sin proteger los derechos humanos de las niñas y de las mujeres de vivir libres de violencia y de discriminación. Se requerirá del apoyo incondicional de los gobiernos y de la autoridad de la ley para proteger lo conseguido con tanto esfuerzo por hombres y mujeres de todo el mundo, hombres y mujeres que han trabajado y que siguen trabajando incansablemente para lograr cambios en las normas culturales y en las actitudes sociales de sus sociedades.

En segundo lugar, si queremos alcanzar una verdadera inclusión e igualdad, nos tenemos que centrar en los factores que ponen límites a la participación de las mujeres en la vida pública y promover activamente las mismas oportunidades para las mujeres tanto en el sector público como en el privado. Esto incluye la adopción de medidas proactivas relativas a los cuidados no remunerados; la garantía de que las mujeres tengan el mismo acceso a los recursos, a los bienes y a los empleos decentes; y la adopción de medidas especiales temporales como las cuotas, de modo que las mujeres ocupen puestos en la toma de decisiones como en los parlamentos y en las juntas ejecutivas.

En tercer lugar, los Estados deben aplicar un piso de protección social por debajo del cual no pueda encontrarse ninguna persona. Todos tienen derecho a la seguridad de un ingreso básico y al acceso universal a los servicios sociales esenciales como la salud, el agua y el saneamiento, la educación y la seguridad alimentaria. Quiero agregar a lo que ya dijo Anthony Lake, que esto no es sólo en beneficio de las personas, sino que las economías también se benefician de sociedades más sanas, mejor preparadas y más igualitarias.

Relegar a las/os pobres, a las/os más marginadas/os, no es una opción para las sociedades en las que todas y todos tienen el derecho a vivir logrando todo su potencial. La agenda posterior a 2015 tendrá que apoyarse en un nuevo contrato social entre los Estados y las/os ciudadanas/os que priorice la inclusión, la igualdad y la participación democrática.

Permítanme también agregar que afrontar las desigualdades no se trata sólo de lo que cada uno hace en su país. Vivimos en un mundo desigual. Cuando el comercio es injusto, no podemos mejorar las vidas de las/os pequeñas/os agricultoras/es aunque les demos las mejores semillas. Tenemos que atender la desigualdad en el sistema mundial de gobernabilidad para garantizar que se atiendan todas las desigualdades.

Para lograr el éxito en una nueva agenda mundial de desarrollo debemos contar con un objetivo de desarrollo unificador sobre la igualdad de género en cuanto que prioridad general. Tenemos que trabajar juntas y juntos para cumplir con la promesa de sociedades más equitativas, inclusivas, pacíficas y sostenibles para todas y todos. Ni más ni menos.

Muchas gracias.