“Con mi préstamo, compré un colchón y contraté un seguro médico” – agricultora de Rwanda

Mediante Escuelas de Campo, más de 350 agricultoras y agricultores han recibido una formación sobre nutrición, técnicas agrícolas modernas y conceptos empresariales al tiempo que crean cooperativas y reunen ahorros.

Fecha: miércoles, 1 de octubre de 2014

Mujeres agricultoras se enorgullecen de sus logros durante la Escuela de Campo. Foto: Stephanie Oula/ONU Mujeres

Kigali, Rwanda – Un soleado martes, en el distrito de Nyaruguru de la provincia Sur de Rwanda, 75 mujeres y hombres se reúnen ataviadas/os con sus mejores galas para su graduación del programa de Escuelas de Campo respaldado por ONU Mujeres. Forman parte del grupo de 350 agricultoras y agricultores que han asistido a un curso de seis meses para aprender técnicas agrícolas modernas que aplicarán a sus cosechas de trigo y patatas irlandesas.

“No se pueden comparar las oportunidades que tiene una persona con las que tiene un grupo”, afirma la graduada Donata Nukabayiza. “A una agricultora sola le resulta muy difícil acceder a subsidios e incluso a recursos, como los fertilizantes. Pero un grupo tiene más poder. Le resulta mucho más sencillo porque los terrenos están agrupados y puede obtener asesoramiento, servicios agrícolas o préstamos. Como grupo o cooperativa, podemos organizarnos y desarrollar un plan de negocio”.

Gracias a las Escuelas de Campo, la educación agrícola es práctica y sencilla. Hacen hincapié en las observaciones de las y los participantes, en debates y en ejercicios prácticos en el campo. Los cursos se adaptan en función de la zona agrícola, el ecosistema, las precipitaciones y la duración de la temporada de la cosecha. Las sesiones semanales ayudan a las y los participantes a tomar decisiones informadas sobre aspectos como el control de plagas y a gestionar sus cosechas durante toda la temporada.

Este programa en concreto lo ha puesto en marcha Imbaraga Federation, una organización no gubernamental formada por agricultoras y agricultores locales. El programa cuenta con el apoyo financiero y técnico de ONU Mujeres y la iniciativa de la ONU “Unidos en la acción” en Rwanda, así como con el financiamiento de los Gobiernos de Corea, España y Noruega. Se seleccionaron agricultoras y agricultores pobres y vulnerables de dos distritos (Nyaruguru y Kirehe), de todas las edades y todos los niveles educativos. El 90 por ciento eran mujeres.

En los debates semanales del curso también participan personas no matriculadas, lo que incrementa la toma de conciencia en toda la comunidad.

Mujeres posan para la fotografía de graduación de la Escuela de Campo. Foto: Stephanie Oula/ONU Mujeres
Las escuelas ofrecen, además, formación sobre emprendimiento y enseñan valiosos conocimientos empresariales y financieros. Cada grupo reunió ahorros para establecer un plan de crédito. Con unos fondos que varían entre 470 000 y 650 000 RWF (de 690,00 a 954,00 dólares estadounidenses), los miembros pueden solicitar préstamos al fondo del grupo a bajas tasas de interés de alrededor del 2 por ciento.

En un principio, las mujeres apenas recibieron apoyo de sus familiares varones. Sin embargo, cuando los hombres de la familia se dieron cuenta de los conocimientos y las aptitudes que estaban aprendiendo las mujeres, se mostraron más comprensivos. Algunos maridos realizaron aportaciones al fondo de ahorro del grupo.

Hay mujeres que señalan que, desde que se inscribieron en las Escuelas de Campo, la productividad agrícola ha aumentado y el acceso a la atención sanitaria ha mejorado, puesto que las y los miembros pueden contratar de forma colectiva servicios sanitarios para sí mismos y sus familias. Los conocimientos nutricionales aprendidos durante las formaciones también han beneficiado a las familias.

“Con mi préstamo, compré un colchón, contraté un seguro médico para mi familia y pagué la matrícula de la escuela de mis hijos”, afirma Christine Karuyumbu.

Convertirse en cooperativas ha cambiado radicalmente su forma de trabajar: ahora, los 14 grupos de las Escuelas de Campo existentes están más orientados a los negocios, lo que les abre las puertas a un sinfín de nuevas oportunidades. Gracias a la formación sobre emprendimiento, uno de los grupos tiene previsto comenzar a producir semillas de patata para la venta minorista. Otro grupo comprará un cerdo para cada miembro del fondo con el fin de impulsar la ganadería a pequeña escala.

En la ceremonia de graduación, algunas/os niñas y niños pequeños balbucean felices en el patio, un recordatorio de que a muchas mujeres de aquí su papel de madres les supone tanto trabajo como su papel de agricultoras. A causa de la falta de infraestructuras y servicios, las mujeres rurales dedican más tiempo a las tareas del hogar que las mujeres de ciudad. Algunas de las graduadas dicen que pudieron asistir al curso porque las clases sólo les ocupaban medio día a la semana, un horario sensible a los asuntos de género que les permitía atender sus diversas responsabilidades domésticas.

“Esta noche celebraremos los certificados a lo grande”, indica Amelie con una tímida sonrisa. Y después de la graduación, ¿qué? “Seguiremos ahorrando para prestarnos entre nosotras, convertirnos en agricultoras profesionales y multiplicar el bien”, añade mientras sus compañeras prometen seguir apoyando el empoderamiento de las mujeres rurales en sus comunidades.

Este proyecto está respaldado por el financiamiento básico de ONU Mujeres y el equipo “Unidos en la acción” de la ONU de Rwanda, así como por los fondos para el proyecto que aportan los Gobiernos de Corea, España y Noruega.

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