Lo que pasó tras el brote de COVID-19: Tailandia

El número de llamadas que atienden las personas que trabajan en la línea telefónica de asistencia gratuita se ha duplicado, lo que ha incrementado notablemente su propio estrés emocional

Fecha: lunes, 16 de noviembre de 2020

Incluso antes de la aparición de la pandemia de COVID-19, 243 millones de mujeres y niñas en todo el mundo habían sido maltratadas por sus compañeros sentimentales en el último año. Desde el inicio de la pandemia, con las medidas de confinamiento, los países de todo el mundo han presenciado un aumento alarmante de las denuncias de violencia contra las mujeres y, en especial, de violencia en el ámbito privado. Dado que la COVID-19 continúa tensionando los servicios de salud y poniendo en peligro nuestras economías y nuestros servicios esenciales, ONU Mujeres trabaja con mujeres que están en primera línea día a día, dando respuesta a la pandemia en la sombra: la violencia contra las mujeres y las niñas. La serie “Lo que pasó tras el brote de COVID-19” refleja algunas de sus historias, y cómo nuestros programas prestan apoyo a soluciones que no dejan a nadie atrás.

Naiyapak Chaipan works for the 1300 Hotline, managed by the Thai government’s Social Assistance Centre that assists women seeking to leave abusive and violent situations.  Photo: UN Women/Younghwa Choi
Naiyapak Chaipan . Foto: ONU Mujeres/Younghwa Choi
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‘¿En qué puedo ayudarle? ¿Está usted sola? Por favor, no cuelgue’, les digo.

La línea telefónica de asistencia funciona las 24 horas del día, todos los días de la semana. Durante la pandemia apenas encuentro un momento para quitarme los auriculares; recibo llamadas a todas horas, todos los días, y siempre intento responder a todas ellas. Nunca sabemos lo que puede sucederle a la persona que nos llama si tardamos en atender su llamada, o si no la atendemos.

Formo parte de un equipo de teleoperadoras y teleoperadores, trabajadoras y trabajadores sociales que recibe más de 300 llamadas diarias, lo que supone un aumento del 34% con respecto al mismo período del año anterior. Las mujeres saben que pueden llamarnos cuando necesiten ayuda.

Muchas trabajadoras migrantes tienen dificultades con el idioma. Muchas desconocen sus derechos y no quieren revelar su información personal o decirnos dónde se encuentran. Esto nos ocurre, sobre todo, con las migrantes indocumentadas; tienen miedo de interactuar con las autoridades por temor a ser arrestadas. Por ello, su riesgo de sufrir violencia y maltrato es aún mayor. Cualquier mujer que experimente violencia debería recibir ayuda y protección, con independencia de su estatus migratorio.

El programa ‘Safe and Fair’ (Seguridad y justicia) organizó recientemente un seminario para el equipo encargado de nuestra línea telefónica de asistencia, en el que sus miembros tuvieron la oportunidad de intercambiar conocimientos y experiencias con el fin de gestionar mejor la violencia de género. El seminario resultó especialmente útil para los nuevos miembros del equipo, que se incorporaron durante la crisis de la COVID-19.

Yo soy transgénero, y muchas de las personas que llaman desconfían de que pueda ayudarlas. Algunas han llegado incluso a decirme que necesito ayuda para ‘resolver mi problema’. Sin embargo, se olvidan de ello cuando se dan cuenta de que realmente puedo proporcionarles el apoyo que necesitan. Al final de la jornada me llena saber que se sienten empoderadas, saben dónde acudir en busca de ayuda y entienden que lo que les ha ocurrido no es culpa suya.

Lo que amo de mi trabajo es que todas y todos compartimos el mismo objetivo: nuestra prioridad son las personas que nos llaman, y debemos ayudarlas a recibir la asistencia que necesitan. Somos un equipo en el que lo que prima es el respeto mutuo.

La COVID-19 es un reto para todas y todos nosotros. Nos obligó a formarnos, a adquirir nuevos conocimientos y aptitudes para enfrentarnos a la crisis. Con el aumento del número de llamadas en una época de limitación de la capacidad, muchas de las personas que trabajan aquí empezaron a mostrar signos de estrés y desgaste profesional. Escuchamos cientos de casos muy delicados cada día. El estrés se va acumulando con el tiempo y es importante reconocer que quienes trabajan en primera línea también necesitan descansar.

Por lo general nos dedicamos a ayudar a otras personas y nos resulta muy difícil pedir que nos ayuden”.


ONU Mujeres responde con programas sobre el terreno

Naiyapak Chaipan trabaja en la línea telefónica de asistencia 1300, gestionada por el Centro de Asistencia Social del Gobierno tailandés. El servicio presta asistencia a mujeres que tratan de huir de situaciones de maltrato y violencia. El trabajo de la señora Chaipan se ha duplicado debido al confinamiento provocado por la COVID-19 y a que las restricciones de movimiento implican que muchas mujeres quedan encerradas en casa con sus maltratadores. Como en muchos otros países, este servicio se ha convertido en una plataforma esencial para proporcionar información a las sobrevivientes y remitirlas a los servicios de apoyo que necesitan.

La línea de asistencia 1300, cuya gestión depende del Ministerio de Desarrollo Social, colabora con el programa “Safe and Fair” para garantizar una respuesta respetuosa y sensible a las sobrevivientes que llaman y un sistema de remisión eficaz.

El programa forma parte de la “Iniciativa Spotlight para eliminar la violencia contra las mujeres y las niñas”, una iniciativa plurianual a escala mundial impulsada por la Unión Europea y las Naciones Unidas. Se ejecuta a través de una asociación entre la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y ONU Mujeres, en colaboración con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).