Las mujeres se movilizan para prevenir el COVID-19 en los campamentos masificados de personas refugiadas rohinyás

Para evitar una crisis humanitaria añadida en los campamentos de personas refugiadas rohinyás, ya de por sí vulnerables, en Cox’s Bazar (Bangladesh) 24 rohinyás colaboran voluntariamente con ONU Mujeres para movilizar a sus comunidades y generar conciencia respecto al COVID-19.

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Mobina Khatun es una mujer rohinyá que colabora voluntariamente con ONU Mujeres. Fotografía: ONU Mujeres/Pappu Mia.
Mobina Khatun es una mujer rohinyá que colabora voluntariamente con ONU Mujeres. Fotografía: ONU Mujeres/Pappu Mia.

Según datos del ACNUR, a fecha de 15 de marzo de 2020 había 859.161 personas refugiadas rohinyás de Myanmar en Bangladesh, la mayoría de las cuales son mujeres y niñas. El 13 de abril de 2020, el país tenía 621 casos confirmados de COVID-19 y 34 muertes por el virus.

“Para prevenir esta enfermedad, debemos reforzar la concienciación sobre el aseo personal, el lavado de manos y lo que se debe y no se debe hacer cuando tenemos la enfermedad”, afirma Mobina Khatun, de 45 años de edad, una voluntaria rohinyá del sector Ukhiya de Cox’s Bazar, Bangladesh. Cada día, Mobina hace visitas puerta a puerta a mujeres del campamento 4, facilitando información clave para la prevención y respetando siempre el distanciamiento físico.

Le preocupan los efectos que tendrá el COVID-19 en los hogares de los campamentos donde la mujer es quien gana el sustento, debido a las normas sociales predominantes y el papel tradicional de las mujeres como primeras cuidadoras. “Si la madre se ve afectada, sus hijas y sus hijos son vulnerables”, afirma.

Pese a que los índices de mortalidad por COVID-19 son menores entre las mujeres que entre los hombres, y que las niñas y los niños parecen ser menos propensos a contraer el virus, siguen surgiendo nuevos datos desagregados por sexo y edad. Los últimos hallazgos indican que, en algunos países, las infecciones por COVID-19 entre las mujeres del sector de la salud doblan las de sus homólogos masculinos. Las poblaciones de personas refugiadas hacen frente a dificultades añadidas, como menores niveles de nutrición —que reducen la capacidad del sistema inmunitario para combatir la enfermedad— y menos acceso a instalaciones de saneamiento y cuidados médicos.

“La situación nos da miedo porque no tenemos nada”, explica Mobina. “Como vivimos en una zona muy congestionada, si hay un acceso limitado al tratamiento médico y el virus aparece aquí, todo el mundo morirá. Por eso necesitamos suficiente material de higiene como jabón y mascarillas, además de personal médico y de enfermería”.

Las normas sociales y los roles de género de las comunidades rohinyás también han limitado el acceso de las mujeres y las niñas a la información, lo que las hace más vulnerables al virus, especialmente si se tiene en cuenta el papel que desempeñan en el cuidado de niñas y niños, personas mayores y familiares enfermos.

El aumento de la violencia doméstica y otras formas de violencia contra las mujeres como resultado de las tensiones sociales y el pánico en los campamentos es otra preocupación clave para estas mujeres. Las estimaciones internacionales reflejan que, en los entornos de crisis, más del 70 por ciento de las mujeres sufre violencia de género. El informe recientemente publicado por ONU Mujeres ya muestra una creciente pandemia en la sombra de la violencia contra las mujeres y las niñas en el contexto del COVID-19: las líneas telefónicas que atienden casos de violencia doméstica y los refugios de todo el mundo informan de un aumento de las llamadas, que incluso alcanza el 30 por ciento o más en algunos países.

Para contrarrestar los riesgos y los obstáculos a los que se enfrentan especialmente las mujeres y las niñas en Cox’s Bazar, las líderes rohinyás se han movilizado ellas mismas, formando redes y generando conciencia sobre el COVID-19 en todos los campamentos.

Nurussafa (izquierda) trabaja para informar a la comunidad sobre cómo prevenir la propagación del COVID-19 en el campamento. Fotografía: ONU Mujeres
Nurussafa (izquierda) trabaja para informar a la comunidad sobre cómo prevenir la propagación del COVID-19 en el campamento. Fotografía: ONU Mujeres.

“La pandemia ha hecho la vida más difícil en los campamentos. Los precios de los alimentos han aumentado y hay escasez de existencias por las restricciones impuestas al transporte y a la circulación”, explica Nurussafa, una voluntaria rohinyá de 25 años de edad del campamento 5. Nurussafa dice que las mujeres se enfrentan a la carga añadida de tener que recoger más agua y de tener que limpiar y lavarse con más frecuencia.

Después de ser aceptada como voluntaria, recibió capacitación sobre la prevención del COVID-19, incluido el lavado de manos, la higiene respiratoria y el distanciamiento social, así como el momento en el que solicitar ayuda médica y la importancia de mantener la calma.

Con sus visitas puerta a puerta, explica a las mujeres cómo protegerse y qué hacer en caso de infección. También soluciona disputas entre miembros de la comunidad. Para mitigar el mayor riesgo de violencia doméstica y maltrato, informa a las mujeres y las niñas sobre los espacios de acogida de mujeres creados en los campamentos por ONU Mujeres.

Nurussafa afirma disfrutar de su nueva ocupación. “Como voluntaria, tengo la oportunidad de asistir a reuniones y capacitación donde mejoro mis conocimientos y mis habilidades… y ayudo a proteger a mi comunidad ante el COVID-19. Al trabajar con ONU Mujeres, tengo una identidad oficial y una dignidad. Mi familia y mi comunidad me respetan”. 

También tiene el apoyo de su marido. Cuando ella va a trabajar, él se encarga de las dos hijas que tienen.

Además de prestar apoyo e impartir capacitación a estas mujeres líderes, ONU Mujeres cuenta con seis responsables de las cuestiones de género que dependen de personas encargadas de los campamentos (que supervisan a agentes humanitarios, coordinan y están en contacto con el Gobierno y las fuerzas de seguridad) en 12 campamentos de Cox’s Bazar. Estas personas responsables se aseguran de que las voces de las mujeres y las niñas sean escuchadas, y de que se aborden sus necesidades y se protejan sus derechos.

Mani Elizabeth Chakma es responsable de ONU Mujeres para las cuestiones de género. Trabaja en los campamentos 3, 4 y en la ampliación del 4. Explica que hacer las visitas normales sobre el terreno se ha complicado últimamente, ya que las medidas relacionadas con el COVID-19 limitan el movimiento dentro de los campamentos. “Cuando finalmente llego a los campamentos que tengo asignados, las personas voluntarias que trabajan allí se me acercan y se alegran de verme. En definitiva, me siento orgullosa de que estas personas voluntarias que me acompañan hayan conseguido difundir estos mensajes a tantas personas refugiadas rohinyás”.

Ya a principios de abril, las mujeres activistas rohinyás habían llegado a nada menos que 2.863 miembros de la comunidad en una semana.

El trabajo humanitario de ONU Mujeres con las refugiadas rohinyás y las comunidades de acogida en Bangladesh está financiado generosamente por los Gobiernos de Japón, Canadá, Suecia, Alemania y Australia.