Refugiadas cultivan semillas de esperanza en el campamento de Dadaab

Convirtiendo suelos áridos en campos fértiles, un proyecto de empoderamiento económico ayuda a mujeres somalíes refugiadas en Kenya a ganarse la vida y prevenir la violencia sexual y de género.

Fecha: viernes, 24 de octubre de 2014

Refugiadas somalíes participan en una capacitación en gestión de empresas en el campamento Ifo II del complejo para personas refugiadas de Dadaab. Foto: ONU Mujeres/Tabitha Icuga

En el campamento para personas refugiadas más grande del mundo —el asentamiento de Dadaab que crece de forma descontrolada en la Provincia Nororiental de Kenya— las mujeres participan con interés en un taller de gestión de empresas impartido en el hospital de uno de sus campamentos más recientes, el de Ifo II.

Leila Abdulilahi, una madre somalí de 25 años y refugiada, trajo consigo a su hijo de 5 meses, mientras que sus otros cuatro hijas e hijos la esperan en casa. Deseosa de aprender más, Leila hace una pregunta tras otra. Ha vivido en el campamento durante los últimos tres años y no tiene ninguna fuente de ingresos, de modo que su familia depende de las raciones que distribuye el Programa Mundial de Alimentos. A diferencia de otras personas, que viven en Dadaab desde 1991 cuando se desató la guerra civil en Somalia, Leila es una “de las nuevas”, término empleado para quienes llegaron después de la sequía de 2011 y la intervención militar más reciente contra grupos extremistas. 

Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, hasta septiembre de 2014, en Dadaab, el campamento para personas refugiadas más grande del mundo, había 341.359 personas registradas como refugiadas, la mitad de ellas mujeres.

“Nos da miedo salir a buscar leña al bosque. Los bandidos también nos atacan en nuestra propia casa y nos violan”, cuenta Leila. “Si tuviera el dinero, compraría la leña y no tendría que salir o enviar a mi hija al bosque”.

Según la Sociedad de la Cruz Roja de Kenya, los índices de violación son más altos en Ifo II, con una extensión de 10 km² y ubicado aproximadamente a 100 kilómetros de la frontera entre Kenya y Somalia. Creado en 2011, Ifo II es el campamento más nuevo de Dadaab y todavía carece de muchas medidas de seguridad, como alumbrado, cercado, guardias y demás mecanismos de protección comunitaria para la sobrepoblación.

Mediante su Programa de Paz, Seguridad y Acción Humanitaria, ONU Mujeres apoya y trabaja en estrecha colaboración con la Sociedad de la Cruz Roja de Kenya para implementar un proyecto sobre medios de vida en Ifo II.

“La falta de oportunidades de medios de vida es un factor que contribuye a la violencia sexual y de género en el campamento”, explica Idil Absiye, Especialista en Paz y Seguridad de ONU Mujeres Kenya. Asimismo, señala que la creación de oportunidades de medios de vida para las mujeres es un paso importante que les ayudará a valerse por sí mismas en el campamento y cuando regresen a casa.

Con apoyo de ONU Mujeres, la iniciativa además presta servicios de asistencia psicológica para las sobrevivientes de violencia sexual y de género y servicios de mediación familiar en el hospital de distrito de Ifo II. Entre los resultados iniciales se destaca el aumento de las denuncias de casos de violencia sexual y de género. Según la asesora Gertrude Lebu, el Centro para la Violencia de Género recibe ahora hasta 15 casos en un día promedio. Por otra parte, los hombres también buscan en él la mediación familiar con sus esposas.

Rastrillos para la Resistencia

Higala Mohammed (en verde) prepara el suelo para instalar riego por goteo en el campamento para personas refugiadas de Dadaab. Foto: ONU Mujeres/Tabitha Icuga

Bajo el sol abrasador que azota el paisaje del nordeste de Kenya, 10 mujeres cavan la tierra seca y polvorienta con rastrillos y palos. Cuando llega la tormenta de polvo, se protegen los ojos con pañuelos. Mientras cavan, apenas advierten las severas condiciones en las que se encuentran; su esperanza está puesta de aquí a tres meses, momento de cosecha de su producción hortícola.

Las actividades de generación de ingresos son escasas en los campamentos para personas refugiadas en Dadaab y la agricultura lo es aún más debido a las duras condiciones climáticas y a la pobreza extrema. En ocasiones, las mujeres venden una parte de su ayuda alimentaria (que consiste en maíz, trigo, frijoles, legumbres, soja y aceite de cocina) para comprar frutas y hortalizas, material escolar y sufragar las cuotas de matriculación escolar de sus hijas e hijos.

Mantener a la familia lo es todo para madres como Leila. Significa no tener que pelear más con sus esposos por conseguir alimentos, la matriculación escolar u otras necesidades básicas, porque pueden mantenerse a sí mismas y la familia. 

Mujeres somalíes del campamento para personas refugiadas de Dadaab, Kenya, desafían las tormentas de polvo preparando la seca tierra para el cultivo. Foto: ONU Mujeres/Tabitha Icuga

Ephraim Karanja, Coordinador del Programa contra la Violencia Sexual y de Género de la Cruz Roja en Kenya, explica que se compraron seis invernaderos y que las mujeres están preparando la tierra para los cultivos. Después, venderán la producción en un mercado nuevo que se está construyendo en Dadaab como parte del proyecto, lo que reducirá los riesgos de inseguridad cuando se desplazan a los mercados de las aldeas cercanas.

“Quiero abrir una tienda. Con lo que gane, compraré ropa, hortalizas y frutas para mis hijas e hijos”, afirma Leila.

Ella y otras 300 mujeres en situación de vulnerabilidad recibirán capacitación en materia de gestión de empresas y horticultura, así como apoyo para iniciar un negocio que les ayudará a mantener a sus familias.

Higala Mohammed, una agricultora de Somalia, es optimista sobre el trabajo del grupo. Llena de inspiración, también ella organizó un pequeño huerto junto a su improvisada tienda de campaña donde cultiva barere, una hortaliza tradicional somalí. “Necesitamos todos los nutrientes que podamos obtener aquí”, agrega.

El camino de Leila hacia su autonomía la colma de esperanza. “Quiero trabajar y mantener a mi familia, incluso cuando regrese a casa algún día. ¡Entonces abriré una tienda aún más grande!”, asegura.